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Mis redes. Algo más sobre mí

Sonia Ramón | La lengua castiga
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La lengua castiga

Elías, desde el momento en que usted decidió partir a Londres, donde sin duda ahora goza de un merecido prestigio, sentí que me quedaba sin una mano, despojada de uno de mis hemisferios cerebrales, el izquierdo, por supuesto. Podrá parecerle extravagante de mi parte, pero desde hace seis meses, cuando usted se marchó a Europa, comencé a experimentar una cierta discapacidad para elaborar correctamente mis pensamientos, y por consiguiente, mi discurso y textos escritos.

Las decisiones que he tomado en los últimos días han sido más producto de una serie de arranques desesperados que de una profunda conciencia de mi parte. Ya lo sabrá cuando se lo revele todo. No imagine ni por un instante que he abandonado la escritura de mi novela, o que he optado por acabar con mi vida; es mi deber tanto moral como profesional decirle que mis límites aún están intactos, pierda cuidado, es solo que el diagnóstico del psiquiatra me ha producido tanto desasosiego que recurro a este medio, quizás el único, para solicitar su ayuda en caso de que el trastorno que me han diagnosticado se vuelva degenerativo.

En dos horas tengo cita con el doctor Páez, quien está tratando mi caso y aprovecho este repentino y afortunado estado de lucidez, para contarle paso a paso, este desorden mental que algún dios lingüista me ha impuesto como prueba.  Créame que no le quitaría su tiempo si no lo considerara, desde ya, una cuestión vital.

Elías, seguro usted ha escuchado o leído alguna vez sobre la psicopatología del lenguaje. ¿No es así?  Después de pasar varios meses rehusándome a buscar ayuda psiquiátrica resulta que cambié de opinión para que un loquero pálido y alto, como fugado de la tierra media, me diagnosticara, lea bien: “Incoherencia lingüística”, caracterizada por la ensalada de palabras. Según esta patología del lenguaje, el discurso del paciente es básicamente incomprensible ya que el sujeto ignora las reglas de la sintaxis y/o de la semántica. Las asociaciones de palabras no corresponden a las reglas de la convención gramatical. Adicionalmente me tilda de neologismaniaca, es decir, maniaca por los neologismos; este término, como supone, lo he inventado yo.

No soy muy consciente de todo lo que se me acusa, pero sí he notado una evidente inversión de nombres y expresiones. Por ejemplo, cuando quiero decir que quisiera escuchar una canción de Tory Amos o de Regina Spektor, solicito al DJ algo de Regina Amos o de Tory Spektor. O cuando trato de pedir en un restaurante termino solicitando al mesero que me traiga una ensalada mignon y un filete de endivias.  Estoy contralizada. No puede suponer hasta qué punto.

Elías, lo que deseo con éste mensaje es darle cuenta de mi grave problema porque sé que aunque usted no es psiquiatra, podría ayudarme a su manera, no sé, quizás se le ocurra alguna forma lúdica de aliviar mis tropiezos con la lengua española.

Recordará mi novela, ese proyecto que algún día contará con ciento veinte páginas y enviaré alguna editorial para probar suerte. Paso tardes, días enteros tratando de escribir coherentemente, pero me resulta tan espinoso que opto por apagar la computadora e irme a dar un paseo en compañía de un café negro y un Marlboro rojo. Por otra parte, me interesaría que revisara usted también algunos fragmentos de mi novela, la cual he titulado: Caselli en tres cuerpos, para que con un ejemplo específico comprenda el nivel de mi enfermedad, si es que puedo llamarla así. No sé si recuerde que la novela trata de un prestigioso diseñador de modas bogotano y homosexual que revisa su agenda y encuentra que para algún viernes veinte de febrero, tiene tres compromisos ineludibles: un desfile en el Círculo de la Moda de Bogotá, las exequias y entierro del padre de Bruno —su mejor amigo— y una cita con Jordi, su nuevo amor español del chat, quien lo esperará a las doce y treinta del medio día en la subida de Monserrate. Jordi se muere por ver la iglesia colgada en el cerro y por probar, por fin, un chocolate santafereño con queso, pan y tamal. El abuelo del diseñador, Marlo Caselli, uno de los mejores modistos de Bogotá en su época, de quien mi protagonista heredó nombre y profesión, antes de morir le deja un regalo invaluable. Su obsequio descansa en el sótano de su edificio, oculto dentro de una gigantesca caja de metal que lo blinda del polvo, el deterioro, las polillas, y los malignos. El joven diseñador emprende la tarea de alistarse para el atareado viernes. En un cajón del escritorio que mantiene bajo llave, guarda la carta de su abuelo, que es más bien como un manual de instrucciones del regalo. Lo lee con cautela porque teme equivocarse en cualquier detalle y al comprender el valor real de la extraordinaria ofrenda, se acuesta a dormir. Su sueño es leve porque le horroriza la idea de levantarse tarde. A las siete en punto de ese viernes veinte de febrero, está en pie, abrazando una taza de té. Baja al sótano con la carta de su abuelo en el bolsillo del saco y emprende su labor: abre apaciblemente la puerta del depósito, ingresa para descubrir la caja, que es una especie de ataúd metálico muy brillante, toma la llave de su bolsillo y la abre. Allí reposa muy bien acondicionada aquella cubierta de cuero sintético que es como un forro con cremallera al centro y que guarda los tres vestidos puestos sobre un innecesario gancho de madera. Desliza el cierre con cautela y descubre, uno a uno, los tres trajes que diseñó su abuelo y que ahora son su herencia inestimable. Es la primera vez que abre éste tesoro presa del nerviosismo. Allí están. Uno: traje negro. Dos: traje gris. Tres: negro raya tiza.  Caselli deja el traje gris dentro de la caja, la cierra y unos segundos después sale un doble suyo de traje gris, repite la acción con el traje raya tiza, y obtiene tercer Caselli idéntico al original vestido de raya tiza. Luego están los tres frente a la caja, la cierran, se despiden y cada quien toma su camino. En la madrugada deben regresar allí para que entren en la caja el yo de traje gris y el de rayas con el único objetivo de desaparecer y al final dejará los tres vestidos bien guardados. Desde entonces y hasta las tres de la mañana tiene el poder de estar en tres escenarios a la vez. Nadie debe descubrirlos, descubrirlo. El desarrollo posterior consiste en la narración de ese largo día en que él debe concentrarse en sus actividades y ocultar que está en tres escenarios a la vez. ¿Qué le parece, Elías? Un poco entringulada pero con su ayuda podría convertirse en un texto interesante, incluso valioso.  A continuación le envío un fragmento para vea con claridad de qué trata, no la novela, pues ya lo sabe, sino más bien mi problema lingüístico:

       Salgo hacia mi taller para liquidar positivos detalles de la colección, que aunque parezcan liliputienses, se convierten en la localidad atrayente. A eso de las diez les marcho hacia el territorio del evento para revisar otros pormenores de la pasarela y mi asistente me corea con unas actitudes diligente. Regreso al taller porque obtengo una reuniones con casi todas las modelos y los fotógrafos. Voy a almorzar y me hallazgo con algunos de mis colegas que mes brindan por mi nueva colección. Regreso al Gran Estancia de Corferias para prepararlos todo. Los periodistas de la revista Pistacho y Fashion.ok me arrea con investigaciones sobre las colección. Varios camarógrafos me acorrala como ser alado fashionistas y olfatea si de veras me sientes bien. Contesto a todo desde sonrisas allanadas y adentro al evento más bien embestido desde una sensación neura-felicidad-temor. Debo controlaros cada limitado detalle, esperar hasta al final del desfiles y expeler a todo el mundo.

       Elías, como puede ver, cometo muchos errores de concordancia nominal que es la coincidencia de género y número, entre el sustantivo y el  artículo o los adjetivos que lo acompañan. También entre el  pronombre y su antecedente  o su consecuente. Ni hablar de la concordancia verbal y de la dificultad para aplicar la palabra exacta para lo que quiero decir. Mis momentos de lucidez son tan escasos que no tengo el tiempo suficiente para corregir, y ese poco tiempo lo aprovecho para releer y hacer correcciones, y ahora mismo, para escribirle. Todo el control que tuve una vez lo he perdido, pero no crea que eso me hará decaer, lo intentaré con su ayuda. Después de avanzar en dos o tres páginas de la novela me detengo a leer lo que he escrito y lo encuentro bastante aceptable, pero llegan momentos de lucidez y descubro no más que una chorrada de incongruencias que me provocan tanta angustia que he acabado hasta dos paquetes de cigarros luego de los desafortunados hallazgos. No estoy segura de poder seguir así, sin conseguir narrar lo que quiero, supeditada a una condición tan perturbadora. Como puede ver, en muchos casos no existe la concordancia entre el significante y significado, lo que me pone en serios aprietos porque si quiero hablar de serendipia, quizás termine escribiendo sobre la tilapia, y si me refiero a un orgasmo quizás, y muy seguramente, caiga en el error de llamarlo marasmo.

Elías, en cuestión de una hora tendré mi cita con el psiquiatra.  He llegado al extremo de pensar que quizás usted podría, solo si se muestra de acuerdo, en venir por lo menos una semana a Bogotá; no se preocupe, yo me encargaría, con algunos ahorros que tengo en el banco, de pagar sus tiquetes de avión y podría darle hospedaje en mi casa, que aunque habitada por ocho gatos y una mujer con trastorno de lenguaje, sería su terruño, su hogar, eso puede darlo por seguro. Aquí no tendría que preocuparse por la concurrencia o el ruido, mi casa es un lugar apacible, silencioso; el único quebranto aquí se llama “Incoherencia lingüística”, en el que bien podría usted contribuir a mejorar o por lo menos, a dar pistas al médico para tratarlo acertadamente.  Mi trastorno pudo ser causado por un fuerte golpe ocasionado por una estampida de libros tapa dura que cayó sobre mi cabeza al llegar del aeropuerto, o quizás, por el simple hecho de su partida; no es fácil vivir una vida de escritor sin un corrector de estilo de su talla. Elías, no crea que puedo publicar un aviso en el periódico buscando un profesional con su perfil y experiencia, sería como intentar buscar en un clasificado a un Noam Jakobson o a un Roman Chomsky. Imposible.   Podría pensar que es abusivo de mi parte atreverme a solicitarle un viaje, pero algo en el fondo me dice que sólo usted puede ayudarme, junto con Páez, por supuesto.

Todavía recuerdo nuestras tardes de café, usted revisando una vez más mis textos, usted con su lapicito rojo y yo presa del embeleso porque jamás había conocido a nadie tan metódico ni preciso como usted; jamás alguno de sus comentarios o desaprobaciones me hizo desfallecer, por el contrario, sabía que si seguía sus indicaciones con humildad llegaría a escribir algo decente, no tan vergonzante en un medio machista como éste de la literatura. Si pudiera, acudiría ahora mismo a un oráculo, no sé, algo que me permitiera conocer su respuesta. Pero será mejor que espere, que deje de tomar catorce tazas de café a diario, que no gaste tanto dinero en cigarros por si hiciera falta para sus boletos de avión.

Elías, ayúdeme por favor, a recobrar la compostura; no dude que además de pagar todos los gastos de su viaje, me encargaría también de hacerlo con los honorarios que considere usted pertinentes; cómo no reconocer su trabajo, sería inausible. Por ahora, pediré con velas a éste dios lingüista que me permita recobrar mi capacidad sintáctica y semántica, que me libere de la manía por los neologismos, que me permita terminar mi novela Caselli en tres cuerpos y, sobre todo, que no desmejore, pues el doctor Páez me ha dicho que hay gente que está peor y que sufre de discurso divergente, tangencial, ecolalia, y hasta bloqueo, que es cuando en el curso del enunciado se produce una interrupción antes de que se lleve a su término el pensamiento o la idea que en él toma cuerpo.

Elías, al escribir esto, acabo de bloquearme. Creo que estoy a punto de entrar nuevamente en “Incoherencia lingüística”, en mi aterradora ensalada de palabras.  Esta parte de la carta la escribo en mi portátil mientras la secretaria del doctor me llama a consulta. ¿Cree usted que exista una posibilidades para mínima que parezca de tenerlo pronto a Bogotá para que intervenga en mi tratamiento? ¿Considera que el argumento de mi novela es hacia lo menos llamayente, por no decir interesador o encantante? ¿Piensa que estoy muy mal como para atreverme a pedirles que venga a auxiliarla, o por el contario, lo considera conductas apenas justa, teniendo en cuenta que mi salud mental y mi carrera están desde por medio? ¿Ha pasado por su cabeza que a mi personaje, Marco Caselli, se le complique la vida y no puedas, como Cenicienta, volver ante la madrugada con sus dobles para guardar los traje? ¿Le ha parecido extravagante de mi parte que me haya imprudente a llamarlo a usted “mi hemisferio cerebral izquierdo”? ¿Es usted alérgico a los gatitos o al cigarrillo? ¿A quién prefiere, a Tory Spektor o a Regina Amos? ¿Las conoce usted? ¿Le preocupado las verosimilitudes de mi novela? ¿Le incomodaría volar en tercera clase o tener que regarse con agua fría? ¿Ha formado usted una familia en Londres, se ha ligado con una mujer británica alubia y desabrida? ¿Ha llegado a hablar consigo mismo que yo podría enloquecer de no albergar un procuado y adecuonto tratamiento? Son tantas presuntas, espero que tenga el tiempo suficiente para responder.

Elías, ¿qué tal Londres?, ¿la recomienda para ir de libroshopping? Reciba de mis parte un abrazo caerte, fuerlido, deñoso y caridesperado. No le escribo más por ahora, es mi turno, los doctor Páez me esperas.

Escriba pronto.